La profesión de escritor
Cuando era un adolescente cuya mayor pasión eran las lecturas —desde la colección completa de Emilio Salgari, hasta las dos novelas de James Joyce que por entonces cayeron por mis manos, pasando por una serie de obras de teatro que leí como quien ven películas— no me había detenido a pensar en qué consiste ser escritor. Entonces imaginaba al escritor como a un señor que había recibido un don que, después de haber sido reconocido por los demás, le permitía producir esos libros en algún país lejano, donde no se tomaban micros, ni se hacían compras en un mercado que olía a pescado, ni se preocupaba uno por esquivar a la dueña de casa que venía a cobrar el alquiler. Lo que quiero decir, quizá, es que dada la época en que crecí, no se me pasaba por la cabeza que hubiera un modo que me permitiera convertirme en escritor.
Esa malhadada ignorancia, aunada a un extraño sentido de responsabilidad, se confabularon para que estudiara ingeniería. Como muchos hasta ahora, a pesar de haber leído todos los libros que se me habían cruzado en el camino, junto con otros que había tomado prestado de las bóvedas secretas de mi colegio, sólo conocía las historias de los escritores ya hechos, quienes de vez en cuando hablaban de su experiencia sin poder evitar ese tono teleológico que me hacía pensar que sólo un talento monumental es capaz de conjurar tantas coincidencias felices para que un estudiante de leyes, por ejemplo, se convierta en un escritor reconocido. Era algo así como resaltar en la multitud porque se es pelirrojo.
Cuando me mudé a California, además del choque cultural al que me condenó mi imposibilidad de comunicarme en inglés, también descubrí con cierto horror retrospectivo que en ese país había talleres de creación literaria, universidades donde se enseñaba creación literaria, amén de una floreciente industria de textos sobre creación literaria. Lo que es peor todavía, descubrí que algunos escritores norteamericanos contemporáneos, reconocidos más allá de toda sospecha, habían estudiado creación literaria en una universidad como quien estudia arquitectura o medicina forense. En una palabra: eran profesionales salidos de una universidad.
También me enteré, porque resulta inevitable, que para el escritor profesional la palabra “profesión” no puede entenderse como la actividad central con la que una persona se gana la vida —que es el caso de los médicos, por ejemplo. Para la mayoría de escritores, con contadísimas excepciones, la palabra “profesión” está más cerca de la idea de “profesar” un oficio. De modo que elegir la profesión de escritor era por un lado liberador, ya que había al parecer un camino, pero por otro lado también sonaba a cierta condenación, ya que obligaba a abrazar una contradicción, o una escisión, durante el resto de mi vida.
Llegado el momento, no me quedó más remedio que entrar a la escritura como quien empieza a profesar una nueva religión. Con la pequeña diferencia de que esta profesión no hay dogmas absolutos, ni bulas, ni sacerdotes, aunque si haya mucho de ritual y de vida monástica. Esto implicó , para empezar, dejar el traje, la corbata, la oficina en un edificio central, los viajes de negocios, para volver a mi amor primero: la literatura.
Leer como escritor

Una lejana una tarde en Chosica, cuando intentaba cruzar el Río Rímac saltando de piedra en piedra, viví momentos de pánico cuando el ejemplar de Moby Dick que leía cayó a las espumosas aguas del río. Era una edición en rústica de Bruguera cuya tapa mostraba la famosa ballena en fondo blanco. El lomo del libro subía y bajaba por entre las enormes piedras, alejándose, al parecer, para siempre. Sin pensarlo demasiado, corrí por la orilla, resbalándome en las piedras lustrosas, desesperado ante la posibilidad de perder el libro que tanto me había costado conseguir. No captaba entonces el extraño paralelo —perseguir el lomo blanco del libro que se alejaba en el agua— en parte porque entonces tenía doce años, pero quizá la razón más importante sea que entonces todavía no leía como escritor.
Entonces leía para perderme por completo en ese universo paralelo que es la ficción. Sin embargo, cuando empecé a escribir noté un cambio muy claro en mi actitud hacia la lectura. Empecé a leer lápiz en la mano, anotando al margen comentarios sobre la función estructural de cada parte, el efecto que se buscaba, la forma en que el autor pasaba de un punto de vista a otro, en fin, convirtiendo la lectura en un ejercicio de crítica, así como de aprendizaje. No sé si todos los escritores hagan lo mismo. He oído algunos que dicen —de manera un poco pretenciosa— que ya no leen ficción. Por mi parte, me alienta el saber que, guardando las distancias, los escritores que admiro han hecho lo mismo: Nabokov que anotaba copiosamente los libros que leía, Vargas Llosa que leía a William Faulkner con «lápiz en mano», sólo para poner dos ejemplos notables.

Debo confesar que quien me inició en esta práctica fue Joyce Carol Oates. La escritora norteamericana, cuya vasta obra podría hacernos pensar que no tiene tiempo para leer, explica en su hermoso ensayo «Leer como escritor» qué preguntas se hace cuando lee un texto que admira. El año pasado con la publicación de The Faith of a Writer volvió a la idea principal: la práctica de escribir incluye la práctica de una lectura minuciosa, que es, en buena cuenta, leer como escritor.
Hay quienes afirman —Vargas Llosa, entre otros— que leer lápiz en mano arruina el efecto de un texto de ficción. En mi experiencia, lejos de matar el texto, leer lápiz en mano es convertir el proceso en un acto doblemente placentero. Después de todo, si es cierto que cada hemisferio cerebral se relaciona con el mundo de manera diferente, es posible que el hemisferio derecho —el creador— participe en la primera forma de lectura, mientras que el izquierdo —más analítico— esté a cargo de la segunda forma. Nada impide, por supuesto, que luego de leer con el hemisferio izquierdo uno pueda volver al texto para leerlo otra vez con el hemisferio derecho. Es posible que las grandes obras de ficción sean aquellas que permitan ambas lecturas sin que una necesariamente mate a la otra.
Aquella lejana tarde, después de un par de resbalones, logré alcanzar el Moby Dick. Todavía lo conservo, a pesar de sus hojas arrugadas y su cubierta descolorida. Es para mí una suerte de amuleto que me recuerda que un escritor es tal sólo si se apoya en una vida dedicada a la lectura.
La libreta Moleskine
La libreta Moleskine

Cuando empecé a escribir en 1997 todavía no sabía que mi taller de escritor giraría en torno a una libreta de notas. Durante mis años de consultor —más de los que quiero recordar— había pasado gran parte de mis días frente a una pantalla de computadora, y, aunque la tecnología había avanzado un buen trecho, todavía no existía un programa que me permitiera escribir con la paz mental que hace falta. Odio los iconos, botones, barras deslizantes, menús, en fin, todos esos artilugios con los que la mayoría de programas fatigan a sus usuarios. Leer...


